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Estudio y divulgación cultural con autoría, fuentes y contexto.

Distinguimos los hechos documentados de las hipótesis, interpretaciones y tradiciones. Las propuestas de Antoine Nolla, Secretario General de la Asamblea Internacional Templaria (AIT) y Presidente de Nación Templaria, se presentan como líneas de investigación del conferencista.

María Magdalena y el Temple

Una lectura simbólica desde la investigación de Antoine Nolla

Por Mario Jesús García Villarreal

Ilustración editorial de María Magdalena de pie junto al sepulcro, con un recipiente en la mano

Conferencia base: “María Magdalena y su legado a los templarios”, impartida por Antoine Nolla el 21 de mayo de 2026 en la Magic Conference.

Ver la conferencia de referencia en YouTube

La conferencia de Antoine Nolla propone una lectura histórica, simbólica y espiritual sobre María Magdalena, su presencia en la tradición templaria, el vínculo con los cátaros y los misterios del sur de Francia. Esta crónica presenta los ejes centrales de dicha exposición como una aportación de la Coordinación Nacional México al boletín mensual de la Asamblea Internacional Templaria.

En este artículo

Una figura que vuelve al centro de la reflexión templaria

En el marco de la Magic Conference, Nolla presentó una conferencia dedicada a una de las figuras más complejas y sugestivas de la tradición cristiana: María Magdalena. La exposición, titulada “María Magdalena y su legado a los templarios”, propuso una lectura histórica, simbólica y espiritual sobre la relación entre la Magdalena, el Temple, los cátaros y ciertos enclaves del sur de Francia vinculados al misterio templario.

La intervención partió de una inquietud central: la presencia reiterada de ermitas, iglesias y referencias dedicadas a María Magdalena en espacios asociados a la tradición templaria. Nolla explicó que, después de años de investigación sobre la Orden del Temple, advirtió que la devoción templaria no se limitaba a Cristo, a la Virgen María o a San Miguel, sino que también mostraba una atención persistente hacia la figura de la Magdalena. Esa constatación abrió, según su testimonio, una línea de investigación orientada a comprender por qué una orden de caballería cristiana habría conservado tal vínculo espiritual y simbólico con ella.

El Temple, la Magdalena y la memoria espiritual

Desde la perspectiva del conferencista, uno de los posibles propósitos espirituales y documentales de los primeros caballeros templarios habría estado relacionado con la búsqueda y preservación de testimonios hallados en el entorno del antiguo Templo de Salomón. Nolla planteó que los nueve caballeros fundadores, durante su permanencia en Jerusalén, no solo habrían protegido rutas de peregrinación o custodiado reliquias, sino que también habrían accedido a documentos de enorme importancia para comprender una tradición vinculada a María Magdalena y a su posible linaje.

El valor de esta tesis no reside únicamente en su dimensión histórica, sino en la lectura espiritual que propone. Para Nolla, María Magdalena no debe reducirse a la imagen de mujer pecadora que durante siglos dominó ciertos relatos tradicionales. Por el contrario, la presentó como una figura de alta jerarquía espiritual, cercana al núcleo originario del cristianismo y asociada a un conocimiento profundo. En ese marco, recordó que en los textos evangélicos ella aparece vinculada a un gesto de gran densidad simbólica: la unción. Tal acto, en la interpretación expuesta, no sería secundario, sino revelador de una autoridad espiritual que merece ser reconsiderada.

La conferencia también vinculó a María Magdalena con una corriente de cristianismo interior, simbólico o esotérico que, según la línea de investigación de Nolla, habría sido custodiada por templarios, cátaros y esenios. Esta relación no fue presentada como una afirmación dogmática, sino como una hipótesis de trabajo construida a partir de indicios, tradiciones, recorridos, templos, documentos y símbolos. Desde esa lectura, el Temple habría conservado una memoria espiritual que no podía expresarse abiertamente en su tiempo, pero que habría quedado codificada en advocaciones, imágenes y lugares sagrados.

Montségur, Rennes-le-Château y los territorios del misterio

Uno de los ejes más relevantes de la exposición fue la conexión entre el Temple y los cátaros. Nolla sostuvo que parte de esa documentación o conocimiento habría sido confiada a los cátaros para su preservación. En ese contexto, la caída de Montségur en 1244 ocupó un lugar central dentro del relato. Según el conferencista, antes del desenlace de la fortaleza cátara se habrían producido salidas destinadas a poner a salvo documentos y símbolos fundamentales, que posteriormente habrían sido trasladados hacia la región de Rennes-le-Château bajo protección templaria.

Rennes-le-Château apareció así como otro escenario esencial de la conferencia. Nolla recuperó el episodio del párroco Bérenger Saunière y el hallazgo de documentos durante las obras de restauración de su iglesia en 1891. Desde su línea de investigación, aquel descubrimiento estaría relacionado con el legado documental cátaro-templario y con una serie de señales simbólicas dejadas en el lugar. El conferencista explicó que su grupo de investigación continúa estudiando esas claves, especialmente en relación con la posible localización de la verdadera tumba de María Magdalena y con la eventual existencia de documentación aún no revelada.

La exposición no se limitó a los documentos. También abordó el territorio como espacio de memoria. El sur de Francia, Montségur, Rennes-le-Château, Bugarach, la Provenza y diversos enclaves asociados a la tradición de la Magdalena fueron presentados como lugares de investigación y experiencia espiritual. Nolla insistió en que María Magdalena no debe imaginarse únicamente como una figura aislada en una cueva, sino como una presencia activa en una geografía sagrada que habría dejado huellas, relatos, fuentes, iglesias y recorridos de profundo significado simbólico.

Ilustración editorial de María Magdalena sentada, con flores blancas en las manos

Vírgenes Negras, símbolos y prudencia espiritual

Otro momento de especial interés fue la referencia a las Vírgenes Negras. Nolla señaló que en Europa existen numerosas representaciones de este tipo y propuso leerlas no solo como imágenes ennegrecidas por el tiempo, sino como símbolos complejos donde podrían confluir antiguas tradiciones espirituales. En esa reflexión apareció la relación con Isis, con la idea de “Nuestra Señora” y con una posible forma de resguardar, bajo un lenguaje aceptable para la época, una veneración más profunda vinculada a María Magdalena. En este punto, el conferencista mencionó también a Bernardo de Claraval como una figura decisiva en la orientación espiritual del Temple y en la prudencia simbólica que habría acompañado a la Orden.

El Temple actual como fraternidad de estudio y servicio

La conferencia tuvo además una dimensión institucional contemporánea. Antoine Nolla recordó que el Temple actual no debe entenderse como una estructura cerrada, sectaria o anclada en el pasado, sino como una fraternidad orientada al estudio, a la colaboración, al servicio y a la ayuda espiritual de la humanidad. Desde esa perspectiva, la investigación sobre María Magdalena, los cátaros, el Grial, el pergamino de Chinon, la Sábana Santa y otros misterios no responde a una curiosidad meramente arqueológica, sino a una búsqueda de sentido, verdad y conciencia.

En su cierre, Nolla subrayó que el legado templario no fue destruido con la persecución histórica de la Orden. Aunque el Temple medieval fue desarticulado, su memoria, su ideal y sus preguntas esenciales permanecen vivos en quienes investigan, estudian y se reconocen dentro de una tradición de fraternidad y servicio. La figura de María Magdalena, en esa lectura, se convierte en símbolo de una verdad velada que sigue convocando a investigadores, peregrinos, templarios y buscadores espirituales.

La conferencia dejó abierta una invitación al estudio, a la prudencia investigadora y a la formación permanente. Más allá de la aceptación literal o simbólica de cada una de sus hipótesis, la exposición de Antoine Nolla recordó que el Temple actual no vive de la nostalgia, sino del servicio, la fraternidad y la búsqueda consciente de la verdad. En esa tarea, María Magdalena aparece no solo como personaje del pasado, sino como signo de una espiritualidad que sigue interpelando al presente.

¡El Temple Actual Vive y Actúa!

Criterio editorial

Las referencias al linaje de María Magdalena, a la transmisión de documentos, a Rennes-le-Château, a Montségur y a las Vírgenes Negras corresponden a la línea de investigación histórica, espiritual y simbólica expuesta por el conferencista. No se presentan como hechos académicos universalmente consensuados, sino como parte de una interpretación investigadora dentro del ámbito templario contemporáneo.

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Serie narrativa en tres episodios

TOMÁS DE MANJARÍN

El último templario y la luz que permanece

EPISODIO I — Érase que se era…

Tomás de Manjarín en el refugio, entre conchas de peregrinos y símbolos templarios

Érase que se era, en las montañas del Camino de Santiago, un lugar donde la niebla podía borrar el horizonte y el frío convertir cada paso en una prueba de voluntad.

En la ruta hacia Santiago, el viajero aprende pronto que la montaña no concede privilegios. El frío cala los huesos, la lluvia atraviesa la ropa, la niebla borra el horizonte y la altura convierte cada paso en una pequeña batalla contra el cansancio.

Hay jornadas en las que el paisaje parece no ofrecer otra cosa que piedra, viento y silencio.

Entonces, cuando el cuerpo comienza a pedir descanso y la vista busca inútilmente alguna señal de refugio, algo emerge entre la bruma.

Un albergue modesto.

Una construcción sencilla en mitad de la montaña. Una luz encendida donde el sendero parecía haberse quedado sin respuestas.

Durante muchos años, en aquel lugar aguardaba un hombre.

Era Tomás Martínez de Paz, para muchos un caballero templario de nuestro tiempo. De mirada serena, sencillo, bondadoso y áspero a la vez. La montaña había endurecido sus maneras, pero no su disposición a tender la mano.

No necesitaba grandes ceremonias. Una puerta abierta, café o té caliente, algo que llevarse a la boca y un sitio donde protegerse de la intemperie podían ser suficientes para quien llegaba exhausto.

En Manjarín, Tomás no construyó solamente un albergue.

Levantó una frontera simbólica entre la soledad de la travesía y el consuelo de saberse recibido.

Mucho antes de convertirse en personaje, antes de las cruces, las banderas y aquel sobrenombre que acabaría acompañándolo hasta el final de sus días, Tomás también había sido uno de esos hombres que avanzaban hacia Santiago con una mochila sobre los hombros y preguntas que quizá ni siquiera sabían formular.

Había comenzado a peregrinar en 1986. Años después contaría, con ese humor seco que lo caracterizaba, que necesitó diecisiete años para terminar. La frase revelaba su manera de entender aquellas rutas: no como una carrera contra el calendario, sino como una experiencia que exigía detenerse, mirar, escuchar y dejarse transformar.

En 1993 llegó a Manjarín acompañado por unos amigos.

La antigua aldea parecía vencida por el abandono. Allí donde alguna vez hubo hogares quedaban piedra, ruinas y un viento que atravesaba la montaña con la misma indiferencia con que lo había hecho durante siglos.

Tomás decidió quedarse.

Con escasos recursos recuperaron un viejo refugio. Nada de grandes inauguraciones. Nada de proyectos fastuosos. Empezaron con lo elemental: café, leche, algo de comida y la voluntad de recibir al desconocido.

Tomás recordaría que todo comenzó con apenas 8,000 pesetas prestadas.

Nadie podía imaginar entonces hasta dónde llegaría aquella pequeña obra. Dos décadas después, en 2013, calculaba que en Manjarín habían dado de comer a alrededor de 72,000 personas.

La cifra parece enorme, pero quizá no sea capaz de contar la verdadera historia.

Porque cada número tuvo un rostro.

Hubo botas empapadas junto al fuego, manos temblando alrededor de una taza caliente, pies lastimados, cuerpos rendidos sobre una cama sencilla y conversaciones entre desconocidos que sabían que probablemente jamás volverían a verse.

Ellos llegaban. Tomás permanecía.

En septiembre de 1995, una joven peregrina llamada Helena Castillo, de apenas diecinueve años, alcanzó Manjarín después de una jornada castigada por la lluvia. Llevaba sobre el cuerpo el cansancio de la marcha y esa humedad que parece penetrar hasta el ánimo.

Y entonces apareció el refugio.

Adentro encontró calor, té, alimento y un lugar donde descansar. También recordaría la oración, el Ave María y aquella atmósfera espiritual que envolvía al albergue.

Pero, sobre todo, recordaría al hombre.

Aquel hospitalero podía parecer áspero, incluso rudo, pero detrás de esa apariencia había descubierto una profunda bondad.

Así comenzó a crecer la historia de Tomás: no solamente en Manjarín, sino en la memoria de quienes se marchaban de allí.

Quizá las leyendas nazcan de esa manera. No cuando alguien decide inventarlas, sino cuando cientos de personas abandonan un lugar llevando consigo algo que sienten la necesidad de contar.

En 1994, Luis Mesonero había compuesto una canción acerca de un último templario que habitaba en aquellas montañas, cerca de la Cruz de Ferro. La canción comenzó a viajar de boca en boca, de guitarra en guitarra, de caminante en caminante.

Y poco a poco el hombre y el personaje empezaron a confundirse.

Tomás Martínez de Paz se convirtió en El Último Templario de Manjarín.

El sobrenombre parecía escrito para él. Las cruces, las enseñas golpeadas por el viento, la montaña envuelta en niebla, la aldea solitaria y aquel hombre barbado que había elegido una existencia austera componían una escena que parecía arrancada de otro siglo.

Años después, Mesonero regresó.

Tomás salió del refugio y volvió a encontrarlo con la guitarra entre las manos, interpretando aquella canción que ya formaba parte de su propia vida.

El círculo se había cerrado.

Pero Tomás no necesitaba una espada para explicar lo que entendía por Temple. Cada día la montaña le planteaba una pregunta mucho más sencilla.

¿Abrirías la puerta?

Él la abrió durante años.

Hasta que llegó un momento en que incluso aquel hombre acostumbrado a resistir comenzó a pensar que ya no podía continuar.

Era julio de 1999.

La fuente que abastecía al refugio atravesaba graves problemas. El agua, indispensable para atender a quienes llegaban, se había convertido en una preocupación. El cansancio acumulado pesaba. La incertidumbre era demasiada.

Tomás tomó una decisión.

Se marcharía de Manjarín.

Aquella noche creyó que su historia en la montaña había terminado.

No podía saber que, mientras la oscuridad descendía sobre el albergue, una mujer desconocida avanzaba hacia su puerta.

Continuará…

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EPISODIO II — La mujer que llegó en la noche

Y ocurrió que, cuando Tomás ya había decidido marcharse, la montaña pareció reservarle una última historia.

Era una noche de julio de 1999.

Cerca de la medianoche apareció una peregrina extranjera.

Llegar a Manjarín a aquella hora era extraño. La montaña se había hundido en la oscuridad, el frío descendía sobre las piedras y apenas quedaba movimiento alrededor del refugio.

La mujer pasó allí la noche.

A la mañana siguiente, según contaría Tomás años más tarde, la encontró descalza, vestida de azul y cubierta con un chal oscuro. La primera luz del día comenzaba a extenderse sobre las montañas mientras aquella desconocida se movía en una especie de danza silenciosa.

Dijo ser rusa.

Portaba una credencial marcada por sellos de lugares de peregrinación que parecían dibujar un mapa espiritual: Jerusalén, Nazaret, Galilea, Asís, el Vaticano, Lourdes y otros enclaves.

Tomás recordaba que aquella mujer transmitía una serenidad difícil de explicar.

Hablaron.

Y antes de marcharse, ella le pidió que permaneciera en Manjarín.

El resto pertenece al territorio íntimo de su experiencia. Tomás habló después de una rosa, de un aroma que habría permanecido durante días y de asociaciones religiosas que interpretó desde su propia espiritualidad.

¿Quién era aquella mujer?

No lo sabemos.

¿Una viajera extraordinaria? ¿Una coincidencia llegada en el momento exacto? ¿Una experiencia mística revestida con el paso de los años por la memoria y la emoción?

Cada quien podrá encontrar su propia respuesta.

Lo importante es otra cosa.

Tomás creyó que aquel encuentro tenía un significado.

Y se quedó.

Los inviernos continuaron pasando sobre Manjarín. La nieve cubrió innumerables veces los tejados, el viento envejeció las banderas y nuevas generaciones de viajeros cruzaron aquella puerta.

El pequeño albergue dejó de ser solamente un lugar donde dormir. Se convirtió en un punto de encuentro entre personas llegadas de distintos países, cada una con sus historias, sus creencias, sus preguntas y sus agradecimientos.

Algunos dejaban una fotografía. Otros, una carta. Había quienes regresaban años después solamente para volver a ver a Tomás.

Y entre las banderas que el viento golpeaba incansablemente había una que, vista desde México, resulta imposible pasar por alto.

La bandera mexicana.

Verde, blanco y rojo. En su centro, el águila posada sobre un nopal mientras devora una serpiente: la imagen que, según la antigua tradición mexica, señaló el lugar donde habría de levantarse la gran Tenochtitlan.

Un símbolo de identidad, memoria y unidad nacional que, a miles de kilómetros de su tierra, ondeaba también en las montañas de Manjarín.

Bandera de México en el refugio de Manjarín

¿Cómo había llegado hasta allí?

Según se cuenta, fue obsequiada a Tomás por un destacado visitante mexicano como muestra de gratitud después de haber encontrado hospitalidad en aquel refugio.

Tomás la conservó.

Y durante años, entre cruces, enseñas templarias y recuerdos de viajeros llegados de muchos países, los colores de México permanecieron allí, agitados por el viento de la montaña.

Como si aquel pequeño albergue hubiera querido guardar también, entre sus historias, un pedazo de México.

Pero entre las personas que llegaron a la vida de Tomás hubo alguien cuya relación trascendería el encuentro ocasional.

Era Antoine Nolla, Secretario General de la Asamblea Internacional Templaria y Presidente de Nación Templaria.

Entre Tomás y Nolla existió una amistad profunda, alimentada por una manera semejante de comprender el Temple. Los unían la fraternidad, la espiritualidad, el servicio y la convicción de que los antiguos ideales caballerescos solo conservan verdadero sentido cuando consiguen transformarse en actos.

No eran simplemente dos hombres fascinados por una misma historia.

Eran amigos. Hermanos en el Temple.

Y esa amistad fue creciendo entre encuentros, conversaciones y una visión compartida de aquellos valores que ambos consideraban dignos de permanecer en nuestro tiempo.

En noviembre de 2008 participaron juntos en unas jornadas templarias celebradas en Malgrat de Mar. Allí hablaron sobre los templarios y la ruta hacia Santiago.

La imagen resulta casi inevitable: Tomás, el hospitalero de la montaña; Nolla, el escritor e investigador. Dos maneras distintas de acercarse a una misma tradición.

Tomás la vivía sirviendo al caminante. Nolla la investigaba, la escribía y la proyectaba hacia una fraternidad contemporánea.

Distintos caminos. Una misma raíz.

Tomás de Manjarín y Antoine Nolla con ofrendas florales

Con el tiempo, aquella amistad adquirió otra dimensión. Antoine Nolla comprendió que la historia de su amigo no debía quedar confinada a las conversaciones de quienes habían tenido la fortuna de conocerlo.

Había que preservarla.

En 2020 publicó Manjarín. Una luz en el Camino de Santiago.

El título parecía guardar mucho más que el nombre de un libro.

Una luz.

Eso había sido Tomás para muchos.

Y quizá por eso Nolla nunca lo vio solamente como el personaje de las fotografías, el hombre de las cruces o aquel hospitalero conocido como El Último Templario.

Antes estaba el amigo. El hermano. El hombre recio y generoso que había convertido una montaña desolada en un lugar donde el desconocido podía sentirse esperado.

Cuando Nolla lo recordaba como amigo y hermano en el Temple, las palabras hablaban de algo que iba más allá de un título. Hablaban de fraternidad, lealtad, servicio, espiritualidad y compromiso con el prójimo.

Y así pasaron los años.

Cambió el paisaje humano de la ruta. Llegaron nuevos viajeros. Envejecieron las fotografías. Algunas banderas tuvieron que ser reemplazadas. El mundo siguió moviéndose a una velocidad que parecía no interesarle demasiado a Manjarín.

Tomás permanecía allí.

Por momentos daba la impresión de que siempre había estado. Y de que siempre estaría.

Pero ningún guardián, por legendario que parezca, puede detener el tiempo.

El 15 de enero de 2026, la montaña perdió al hombre que durante más de treinta años había custodiado aquella puerta.

Y fue entonces cuando comenzó la última parte de la historia.

La más difícil de explicar.

Porque Tomás se había marchado.

Pero algunos empezaron a decir que no se había ido del todo.

Continuará…

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EPISODIO III — La luz que permanece

Al cabo de los años, aquella montaña se había acostumbrado a Tomás.

Los viajeros cambiaban. Las estaciones pasaban. Las nieves llegaban y desaparecían. Pero él seguía formando parte de Manjarín con la naturalidad de las piedras, del viento o de la niebla.

Hasta que un día llegó el momento que ni siquiera las leyendas pueden evitar.

El 15 de enero de 2026, Tomás Martínez de Paz partió de este mundo.

La noticia comenzó a recorrer los mismos caminos invisibles por los que durante décadas había viajado su nombre. Hospitaleros, peregrinos, amigos, asociaciones jacobeas y hermanos templarios recordaron al hombre que había hecho de aquel rincón de la montaña una forma de vida.

Entre esos recuerdos estaba el de Antoine Nolla, Secretario General de la Asamblea Internacional Templaria y Presidente de Nación Templaria.

Para Nolla no desaparecía simplemente un personaje singular de la historia templaria contemporánea.

Se había marchado un amigo. Un hermano en el Temple.

Alguien con quien había compartido una visión de fraternidad y servicio, encuentros, conversaciones y una manera de comprender que la mejor forma de honrar determinados ideales no consistía en hablar constantemente de ellos, sino en vivirlos.

Nolla ya había preservado parte de aquella memoria en Manjarín. Una luz en el Camino de Santiago.

Después de la muerte de Tomás, aquel título adquiría otro significado.

Porque cuando se marcha un amigo, quienes permanecen se convierten, de alguna manera, en guardianes de su historia.

Y Antoine Nolla fue uno de ellos.

Antoine Nolla y Tomás de Manjarín junto a la procesión de la Virgen de la Encina

Tomás había muerto.

Pero sus historias siguieron caminando.

Primero fueron los recuerdos. Después, las anécdotas contadas por quienes alguna vez compartieron con él un café, una oración, una noche de frío o unas horas de refugio en Manjarín.

Y con el tiempo llegaron también otros relatos.

Hay quienes aseguran haber vuelto a verlo en sueños.

Lo describen caminando entre la niebla de la montaña, custodiando el Sendero, acompañando al viajero solitario. A veces lleva un farol cuya luz rompe apenas la oscuridad, como si todavía buscara a alguien que ha perdido el rumbo.

¿Sueño? ¿Memoria? ¿Leyenda?

Tal vez no importe demasiado.

Quizá después de tantos años tampoco sea necesario preguntarse qué hacía templario a Tomás. La respuesta probablemente nunca estuvo en una espada, en una cruz o en un título.

Estuvo en algo mucho más sencillo:

cuando un hombre exhausto llegaba a Manjarín, había alguien dispuesto a abrirle la puerta.

Ese fue su Temple.

Virgen de la Encina y ofrenda floral

Porque para quienes alguna vez encontraron refugio en aquel lugar, Tomás dejó de ser solamente un hombre. Se convirtió en una leyenda inmortal que viaja de peregrino en peregrino, hasta formar parte de esa memoria invisible que acompaña a quienes avanzan hacia Santiago.

Imagen editorial de Tomás caminando por un sendero nevado junto a su perro

Alguna noche volverá a llover sobre las montañas.

La niebla cubrirá las señales y un viajero cansado levantará la mirada buscando una referencia en la oscuridad.

Tal vez, durante apenas un instante, crea distinguir una pequeña claridad entre la bruma.

Un farol. Una luz.

Y quizá no esté solo.

Porque algunos hombres recorren el Sendero. Otros terminan formando parte de él.

Fuentes consultadas → · Volver al inicio de la serie ↑

Fuentes, bibliografía y testimonios consultados

  • Tamtampress, entrevista a Tomás Martínez de Paz, 7 de septiembre de 2013.
  • Ayuntamiento de Malgrat de Mar, programa de las V Jornadas Templarias, 2008.
  • Antoine Nolla, Manjarín. Una luz en el Camino de Santiago (2020), sitio oficial y materiales del autor.
  • Fuentes jacobeas publicadas en enero de 2026 sobre el fallecimiento de Tomás Martínez de Paz.
  • Helena Castillo: testimonio de su acogida como peregrina en Manjarín.
  • Archivo fotográfico y testimonios aportados al proyecto editorial sobre Manjarín, la bandera mexicana y la amistad entre Tomás y Antoine Nolla.
  • Relatos sobre Tomás en sueños y con un farol, recogidos como memoria, sueño o leyenda.